La introducción a este comentario es larga, pero necesaria.
El patriarca Jacob, al quien posteriormente se llamó Israel, era nieto de Abraham y tuvo doce hijos. De sus descendencias se derivaron las doce tribus de Israel y, a través de esta genealogía, el Señor quiso escribir la historia de su pueblo elegido, vinculado al origen genético de los hijos de Jacob (o Israel). Son los tiempos del Éxodo, cuya páginas describen la historia y desarrollo de esta dodecaédrica nación errante, que se estableció definitivamente en la Tierra prometida por voluntad de Adonai, el Señor.
En la plenitud de la historia de la salvación, el Señor mostró definitivamente su rostro en Jesús de Nazaret, Hijo eterno de Dios. Del mismo modo que en el Antiguo Testamento formó un pueblo a partir de las doce tribus descendientes de Israel, Cristo forma la Iglesia como nuevo pueblo de Dios, estableciendo también doce tribus, que ahora no están vinculadas a la genética, sino a la elección divina: los doce apóstoles son las doce columnas sobre las que se cimienta el nuevo pueblo de Israel, cuyo éxodo es más espectacular que la salida de Egipto, y cuyo destino no tiene ni comparación con la tierra de Israel: los Apóstoles tienen la misión de conducir al pueblo de Dios hacia la puerta que lleva de la muerte a la vida. La predicación y los sacramentos -la fe y el bautismo-, nos unen a todos a la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Se trata de un camino mucho más relevante que la mera salida de una esclavitud material: se trata de ser librados del pecado y de la muerte. Por otro lado, el nuevo éxodo consiste en salir, mediante la muerte a este mundo, de esta creación en la que estamos para entrar en nuestra patria definitiva, que es el cielo y la tierra nueva que nos promete el Señor. A quienes viven unidos a Cristo, la muerte de este mundo sólo es el paso a la patria definitiva.
Un detalle arquitectónico: el número 12 y 24 suele estar representado por algún elemento arquitectónico. En la Sagrada Familia de Gaudí hay 12 torres, además de la de Cristo y María. Los cuatro evangelistas rodean a Cristo. En mi parroquia, la cúpula, símbolo de la plenitud y del cielo nuevo, tiene 24 ventanas.
La traición de Judas y su ahorcamiento dejó un puesto vacante entre las nuevas columnas del nuevo pueblo de Dios. Por esta razón, en el corazón de la Iglesia naciente, vivieron rápido la conciencia clara de que si el primer Israel contaba con doce tribus, es voluntad de Cristo que la Iglesia contara con doce columnas. San Pedro, que desde el comienzo de la Iglesia hace cabeza, argumenta esa necesidad también aludiendo a la Sagrada Escritura: «Que su campamento quede desierto» (Salmo 69,25); y «otro tome su cargo» (Salmo 109,8). Lo curioso es que la elección se haga mediante un juego de azar, tras haber rezado al Señor. No es extraño: estamos en la primera página de la historia de la Iglesia, nada más acontecer la ascensión del Señor (Hechos 1). Todavía no había llegado el Espíritu Santo, que va a sucede tras esta elección de Matías (Hch 2,1-11). Es decir, que la fiesta que hoy celebramos queda justo en el libro de los Hechos entre la Ascensión y Pentecostés. De este modo, vemos ya la estructura apostólica que tiene la Iglesia, con Pedro a la cabeza.
Última anotación. Una vez que los apóstoles murieron y la iglesia se expandía, fueron ampliándose por necesidad el número de obispos, mucho más allá de los doce originales. De ahí que rápidamente se dieron cuenta de que no podría mantenerse el número de doce, es decir, no se podría continuar aplicando el criterio de una sucesión personal. Sólo uno de ellos tiene una sucesión personal: el obispo de Roma, que será siempre el sucesor de Pedro. El papa León XIV es el 267º Pedro. Pero al conjunto de los obispos, en comunión con Pedro, se les atribuye la vocación especial de representar la Tradición Apostólica, que nace de las nuevas doce tribus de Israel, los Doce Apóstoles. Su expresión máxima es el Concilio Ecuménico. En el último, participaron la friolera de 2.500 obispos. ¡Tradición apostólica 5J!